El Barça perdió una eliminatoria pero ganó un relato. Un relato que le catapulta al futuro agarrándose a leyendas del pasado. Y es un guiño a la gran Holanda de la historia dirigido por un alemán. Insólito tratándose de dos países futbolísticamente enfrentados en todos los órdenes pero cierto gracias a Hansi Flick, un entrenador que nunca habría imaginado ser protagonista de esta novela.

Destrozado en Madrid, prácticamente enterrado en una primera mitad infame, la peor seguramente con Flick en el banquillo, ahora se traslada al escenario el gol anulado a Cubarsí en el aquel partido de ida. Lo que en un momento no debía ser más que una anécdota acabó por ser, visto el 3-0 de la vuelta, en una de las claves para explicar y lamentar la eliminación de este Barça mayúsculo.

Es este Barça que descuenta los días hasta las elecciones a la presidencia un club agarrado al equipo. Un club, y eso deberá establecerse en el debe de Joan Laporta, que supo (y sabe) hacer de la necesidad virtud. Imposible acudir al mercado de fichajes en las normales condiciones de un club de primera fila en Europa, desviar la mirada a la cantera se convirtió en su mayor éxito.

Enormes criaturas

La noche que acabó triste pero apuntando el partido número 200 de Araújo en azulgrana, dejó la lectura de un equipo tan orgulloso como poderoso. Y, por encima de todo, irrespetuosamente joven. Insultantemente joven. Una circunstancia que no puede quedar fuera del plano. Lesionado Lewandowski, Raphinha (29 años) fue el futbolista más veterano del Barça en el césped.

Un tronco (defensa, mediocampo, ataque) formado por tres jóvenes de la generación del 2007. Indestructible atrás Pau Cubarsi, bigoleador y mayúsculo Marc Bernal e inabordable Lamine Yamal, este equipo permanece al margen de batallas sociales y electorales. Y mientras Víctor Font mantiene su esperanza en revolcar el papel favorito de Laporta, Flick, queriendo o sin querer, ha parido un proyecto monumental.

Joven y descarado como la más recordada Holanda o el Ajax de Cruyff primero y Van Gaal después, el Barça se quedó a un palmo de remontarle al Atlético pero mostró al universo ese fútbol que enamoró la pasada campaña y recuperó con estruendo. No fue un éxito… Pero menos aún un fracaso o decepción.

Querer. Siempre

Lejos de entregarse a la lógica y dar la eliminatoria por sentenciada, el Barça afrontó la noche, amparado por una afición encendida y entregada, con la misión de darle la vuelta al 4-0 de Madrid. Imposible rendirse, Flick estableció un asalto continuado al Atlético, que se las vio y las deseó para aguantar el chaparrón de juego y oportunidades de ese campeón herido pero insistente.

No. Querer no siempre es poder. Y así se demostró con el pase a la final del cuadro de Simeone. Pero quedó apuntado lo que viene con este Barça irreverente y tan animoso como entreado a su misión ineludible: ganar el futuro ya desde el presente.

 

Por JordiBlanco

Periodista. Del 64.

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