Leo Messi se retiró de la selección argentina con una fiesta por todo lo alto en Buenos Aires que a cualquiera que haya seguido de cerca o de lejos, mucho o poco, su carrera, debió emocionar. Emocionar por el significado del personaje, por hacer un rápido y superficial recordatorio de su carrera… Por todo. Es Messi, Leo Messi. El futbolista imposible.

Pero si dicen, será cierto, que detrás de cualquier gran hombre hay siempre una gran mujer, detrás de Leo Messi hay que señalar, con mayúsculas y de manera tan monumental como innegociable, a Jorge Messi. Porque no se entiende, imposible, la carrera del crack argentino sin hacer mención y recordar la figura de su padre, que un día decidió anteponer los sueños y aspiraciones de su hijo a los suyos mismos y se la jugó, tal cual, dejándolo todo en un viaje hacia lo desconocido que les colocó a ambos en un hotel cualquiera de una ciudad, Barcelona, de la que no conocían nada.

Es fácil. Es simple pero aprovechado a estas alturas afirmar que Messi estaba predestinado a convertirse en D10S. Un muchacho con problemas de crecimiento pero sin problemas con un balón al que apadrinaron Carles Rexach y Josep Maria Minguella en un momento especialmente convulso del club para que no se le escapase al Barça y que convencieron a Jorge para que sí, para que entrase a formar parte de esa Masia que se convirtió en la segunda familia de Lionel.

Messi creció futbolísticamente hasta límites insospechados, sorprendiendo a propios y extraños, convertido en el primer futbolista de la escuela azulgrana que en una misma temporada llegó a jugar en cuatro equipos distintos de la cantera del club y que, claro, desde el mismo momento en que debutó, en Montjuïc y frente al Espanyol, se supo, sin más, que estaba llamado a marcar una época.

Guía

¿Hasta qué punto? Eso solo el tiempo lo podría decir… Y es ahí, en paralelo a la magia futbolística del crack, donde emerge la figura de Jorge Messi. Siempre en un segundo plano y huyendo de cualquier protagonismo que, debió entender, no le correspondía, el padre ejerció siempre de padre. Consejero silencioso, se supone, para contemplar como Leo nunca perdió el norte ni se desvió del camino correcto.

Aquel tipo empleado en una planta siderúrgica en Villa Constitución, que trabajó sin fijarse en horarios por sacar a su familia adelante, supo reconducir su propia vida para convertirse en el acompañante silencioso durante el crecimiento primero y éxito después de su hijo futbolista.

Jorge Messi fue el padre que muchos habrían querido ser. Pero, siéndolo, ejerció su rol como pocos, seguramente, habrían sabido hacerlo. Por eso provocó una corriente de pesar su fallecimiento el ocho de agosto, apenas tres semanas después de jugarse la final del Mundial. Porque fue el padre perfecto del futbolista definitivo.

Por eso Jorge Messi merece tener su espacio reservado en el cielo, también, del planeta fútbol. Porque sin necesidad de marcar ningún gol fue clave en la carrera deportiva de ese Leo al que todos y todas nos hemos rendido desde hace ya más de veinte años.

Gracias al hijo por lo que nos ha hecho (y sigue haciéndonos) disfrutar. Y gracias al padre. Por serlo y por hacer lo que hizo.

Por JordiBlanco

Periodista. Del 64.

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