Joan Laporta concedió una entrevista a modo de despedida a los medios del Barça, un día después de vivir su último partido como presidente. Y uno antes de hacer efectiva su dimisión… Para volver al cargo si el 15 de marzo los socios renuevan su confianza en él por otros cinco años.
Habrá que verlo. Pero de momento ya dejó en fuera de juego a toda la oposición. Romper relaciones (o proclamarlo) con el Real Madrid. Abandonar la SuperLiga, firmar la paz con la Grada d’animació. Anunciar el nuevo Palau Blaugrana. Y poner en el esvenario el Camp Nou. A todo ritmo. Y hasta el último instante.
«Con las palancas salvamos al club y hemos aumentado los ingresos renegociando contratos» proclamó, aprovechando para asegurar que vive «uno de los momentos dulces de la historia«. Gracias a la valentía, sostuvo, necesaria en un momento dramático: «Había que tomar decisiones valientes para evitar el colapso y las tomamos«. Un discurso firme y optimista, rozando la euforia y sin dejar de lado, por supuesto, la figura de Hansi Flick.
El entrenador alemán, con capítulo personal en la historia del Barça, es uno de los mayores aliados de Laporta. Se diría que más que comportarse como un empleado del club, imparcial en unas elecciones, ya dispuso su favor. Por más que no se estime ni necesario ni,tampoco, decisivo.
Golpes
Agradecerá, seguro, Laporta los mensajes de Flick. Tanto como la fidelidad de Deco… Pero, al margen de todo ello ya se ha ocupado en las últimas semanas de dar los golpes necesarios. Los necesarios para dejar a sus posibles rivales en las urnas en fuera de juego.
Mientras Víctor Font presentaba su sede electoral asegurando que «habrá partido» y dando por hecho que «la mayoria» de socios apuesta por un cambio, Laporta daba su último golpe, al conocerse el proyecto del nuevo Palau Blaugrana. Si en tiempos pasados fue motivo de crítica, ahora es otro activo propio.
No el único, desde luego. A medida que se acercaron las elecciones y el día de la dimisión, se añadieron golpes de efecto. A cual mayor y más duro para la oposición porque a popular y carismático no le ganará nadie.
Un mes después de ganar la Supercopa de España, la figura de Laporta se sospecha enorme a cara de sus rivales. Por entonces lanzó su primer aviso revelando que el Barça rompía relaciones con el Real Madrid.
Y mientras se gestionaba ese golpe, se firmaba la paz con la Grada d’animació, expulsada y despreciada en el pasado. Perdonada en el momento oportuno. En el club se sabe que ese colectivo puede mover más de siete mil votos. Y por medio de Alejandro Echevarría se cerró el conflicto.
La penúltima fue proclamar la salida del Barça de la Superliga, el proyecto en que acompañó al líder Real Madrid desde el primer día. Y hasta el momento oportuno para borrarse.
Directo
«Me gusta liderar y lidero con pasión porque amo al Barça» sentenció Laporta Y lo hizo advirtiendo que aún queda por hacer. Ese Spotify Camp Nou en obras y convertido en la joya de la corona.
Le acusarán, seguro, por Limak y por los retrasos. Y por la deuda y las inscripciones siempre sobre la bocina. Por muchas y variadas cosas durante una campaña electoral que se presume cainita.
Pero, de entrada, de momento, Joan Laporta dejó en fuera de juego a toda la oposición.
